
"En la mina de Magnesitas de Rubián no hay jaula, ni vías, ni vagonetas. De toda la vieja iconografía minera apenas si quedan los túneles y los mineros con lámpara en el casco. Y, para eso, pocos. Mineros, porque galerías las hay a decenas. Los camiones que sacan el mineral de las entrañas del monte pueden hacer un recorrido de 2,5 kilómetros, aunque la tunelería supera los quince. El nuestro será más corto. Al fin y al cabo, en la mina no hay tanto que ver.
Bajamos hasta la entrada en un vehículo convencional, recorriendo los primeros años de explotación, a cielo abierto, que crearon el notable agujero por el que descendemos. Así será todo el recorrido: «Eso de la jaula es muy antiguo -explica Pedro Rodríguez, el director técnico de la mina-. Piense que por donde baja la gente tiene que subir el mineral. Las explotaciones modernas ya no son así»





Primera parada: los palistas. Estamos en la cámara almacén, un enorme hueco donde cabría un edificio de cuatro pisos. Hemos descendido a doscientos metros de profundidad y la temperatura es de 14 grados. Constante en invierno y en verano. La que marca la montaña. Desde aquí, el mineral va a la planta de machaque, y luego, directamente al mercado. Todo lo que vemos, todo lo que hemos pisado en nuestro viaje, es magnesita. Una veta de catorce metros de espesor que lleva explotándose desde 1963 y que permite que la extracción se haga sin generar prácticamente ningún tipo de escombros. Todo lo que se arranca es vendible. No se tira nada.
Seguimos bajando, ahora a pie, por una bifurcación de la galería principal. Ya no hay más luz que la que generamos con las linternas, pero nos guiamos hacia un ruido infernal. Es el jumbo, una máquina gigantesca que horada la roca. Es todo lo que hace: taladrar con exactitud los puntos donde será instalado el explosivo. Con ella se encuentra el otro 25% del personal. Manejada por dos mineros, únicamente usa motor de combustión cuando se desplaza. Una vez cada dos días. El resto es un mecanismo hidráulico que perfora con un chorro de agua para no generar polvo.
En una galería adyacente están los artilleros. El tercer equipo. Se dedican en exclusiva a la colocación de explosivos y detonadores. Uno guía la pequeña grúa con un cesto desde la que el otro coloca el material. ¿Y el cuarto equipo? Los mecánicos, que últimamente se encuentran instalando una estación de bombeo que permita sacar con más agilidad los 150 litros por segundo que les arroja un manantial que se les vino encima hace unos meses.










Fuente: La Voz de Galicia.
Texto: Jorge Casanova.
Imagenes: Rodrigo Fresco, Rodrigo Fariña y Jorge Casanova.
Enviado: C.J.
Composición: Picapiedra.
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