
Los vulcanólogos de la Universidad de Leicester han descubierto uno de los mejor conservados ejemplos accesibles en el mundo de un monstruoso deslizamiento de tierra que siguió a una enorme erupción volcánica en la isla canaria de Tenerife.
Hace 773.000 años, las laderas del sureste de Tenerife se derrumbaron en el mar, durante una erupción volcánica. Los restos de este deslizamiento de tierra han sido descubiertos en medio de los cañones y barrancos del paisaje desértico del interior de la isla por los vulcanólogos Pablo Dávila-Harris y Mike Branney de la Universidad de Leicester, adscritos al Departamento de Geología.
Los resultados han sido publicados en la edición de este mes de octubre de la revista Geology. La investigación fue financiada por el CONACYT, México.
El doctor Branney dijo: "Es uno de los ejemplos accesibles mejor conservados en el mundo de un fenómeno tan impresionante, porque los restos de esos derrumbes se extienden casi siempre por el fondo del océano profundo, inaccesible para el estudio más detallado".
El cambio climático se invoca a menudo como detonantes de deslizamientos de tierra de islas en el océano, pero en este caso parece que un domo de lava provocó el deslizamiento de tierra empujado hacia el exterior del volcán.
"En el panorama que quedó destrozado, el cambio en la forma de la isla cambió el curso de las erupciones volcánicas explosivas para cientos de miles de años después."
Los investigadores afirman que estos fenómenos son comunes pero poco frecuentes, y su comprensión es vital, pues sus efectos van más allá de una isla o de un océano. Los tsunamis generados por dichos actos pueden viajar hasta devastar costas a miles de kilómetros de distancia. "La comprensión de los eventos más violentos de la Tierra nos ayudará a estar preparados", dicen.
Fuente y Texto: Europa Press
Imagen: Pablo Davila-Harris
Enviado: Miguel F. C.
Composición: Picapiedra

La primera vez que pisó una cantera sólo tenía poco más de veinte años y empezó siendo peón, pero con arrojo consiguió ascender y llegó a ser, en su momento, el encargado de la mina.
Reconoce que "yo no era demasiado curioso" cuando realizaba esta actividad porque "si eres joven quieres tener dinero para poder comprar" lo que apetecía, destacando que él al día elaboraba más de medio centenar de estas piezas.
Fumero apunta que al poco tiempo realizando dicha actividad "se me llenaron de callos las manos, así como de durezas por todas partes".
Además, recuerda la dureza del trabajo por las consecuencias y secuelas físicas que muchos padecieron como que para labrar la piedra "había que estar muchas horas agachado" y los dolores de espalda y de cintura eran bastante frecuentes.
Fumero Rodríguez destaca que aquellos picapedreros que sufrían accidentes laborales de estas características fueron afortunados, "porque en el tiempo que estuve en las canteras presencie tres muertes por aplastamiento de piedras", algo que aún hoy recuerda con especial sensibilidad. 

